Me desperté con una profunda sensación de pesadumbre en el pecho. Me faltaba el aire. Tenía cada fibra de mi ser encogida dolorosamente. Noté mis manos abiertas, frías. Vacías. Era como si me faltase algo, como si estuviese incompleto de alguna manera. Sentía que algo tiraba de mí, desde lo más profundo de mi alma, desesperado por encontrar… ¿el qué?
Me incorporé en la cama y enseguida me arrepentí. La cabeza me daba vueltas y tuve que reprimir las ganas de vomitar, lo que me dejó un horrible regusto amargo en la boca. Miré a mi alrededor mientras inspiraba lenta y profundamente. Estaba en una habitación oscura, de la que solo llegaba a distinguir la paliada silueta de una ventana, la cama y una pequeña mesita con un miserable vaso de agua. Me pasé los dedos por el pelo, intentando descubrir qué hacía exactamente allí.
Abrí los ojos como platos. Era imposible. No… Pero realmente pasó.
Y es que antes de haber despertado allí no recordaba nada. Cualquier cosa que hubiera podido suceder antes de abrir los ojos con la cara pegada a aquella almohada con olor a jabón pasado se fundía en un agujero negro y exasperante. Lo único que estaba claro en mi cabeza era aquella voz… una voz aguda y alegre, probablemente de una niña. ¿Pero qué niña? ¿Qué relación tenía conmigo? ¿Y por qué diablos solo podía recordar su voz, ni siquiera su rostro?
Apreté los puños y cerré con fuerza los ojos, deseando poder acordarme de lo que fuera, incluso el más pequeño, trivial y absurdo de los detalles. Pero era en vano. Rocé suavemente la almohada, lo más complejo que podía asimilar por el momento. Olí las sábanas en busca de alguna esencia que me fuera familiar, pero las sábanas debían llevar tiempo sin lavarse y lo único que me provocó aquello fue un nuevo impulso de devolver.
De repente escuché un sonido amortiguado. Parecían pasos. Podría haber permanecido tal como estaba, haber preguntado a quien fuera que se acercase por lo menos una de las mil preguntas que bullían en mi mente; pero mi cerebro me alertó de alguna forma y cambié de idea. Atropelladamente, me volví a tapar y fingí estar dormido.
La puerta se abrió silenciosamente y la luz de fuera me hirió los ojos a través de los párpados cerrados.
-Oh, estás despierto.- constató una voz sin el menor atisbo de sorpresa. Sentí unos ojos clavados con fuerza en mí, pero me resistí a mirar.- Ya era hora. La ropa está sobre la silla. Vístete y ven al Gran Salón. No te costará encontrarlo.
La persona dueña de aquella gélida voz debió dar entonces por zanjada la ‘conversación’. Tras aquella escueta orden, se dispuso a cerrar la puerta. Me incorporé con prisas. Tenía muchas preguntas que formular, pero me enredé con las sábanas. Con los ojos aún adormecidos tras quién sabe cuanto tiempo de sueño, observé sin articular palabra cómo una figura femenina se marchaba, dejándome solo de nuevo y entendiendo menos todavía que cuando había despertado.
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Hasta aquí el prólogo de Dos estrellas Gemelas. Sé que estoy empezando muchas historias, sin seguir ninguna y que va a ser un lío, lo siento ^^' Gracias por leer, y comentad, por favor!

mikka-san.. debrias de haberme avisado antes..
ResponderEliminarambos prologos me encantan *_*
Pero tenemos que seguir con el proyecto-sin-nombre...
N'oublie pas!