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viernes, 6 de julio de 2012

Prólogo. El mecanismo del reloj



Tic-tac, tic-tac.
Retumba la incansable melodía del reloj.

Solo nosotros podemos iniciar el mecanismo. Solo nosotros sabemos pararlo.
Un reloj que lleva nuestra cuenta atrás. Un reloj que programa nuestras vidas.

Un reloj que no para nunca, hasta que llega el momento de romperse el engranaje.

Un reloj al que damos cuerda cada día, sin dejarlo descansar.

¿O es acaso el reloj quién nos da cuerda a nosotros?

Sí, un reloj sádico, cruel, enloquecido. Contaminado.

Dime entonces, al reloj, ¿quién lo parará?

O debería decir… ¿cuándo nos detendrá?


Las gotas de lluvia le acribillaban el cuerpo, como diminutas agujas de hielo. Hacía frío, y, aunque quisiera, no era capaz de mover un músculo. Con dificultad abrió los ojos. No veía nada, todo estaba borroso. Apenas llegaba a distinguir la calle desierta y la pared del edificio junto al que estaba tirado.
El suelo estaba rojo. Gimió. Le dolía demasiado la cabeza como para recordar nada de lo que pudiera haberlo llevado hasta aquel instante. Le costaba hasta el simple hecho de respirar y tenía un horrendo sabor metálico en la boca. Cada inspiración sonaba como una puerta chirriante y hacía que sintiese los pulmones a punto de reventar. 

El polvo de la calle se le metió en la garganta y lo hizo toser dolorosamente. Su campo de visión empezó a llenarse de molestos puntos negros. El agua seguía cayendo y se coló por su boca entreabierta. Estaba ácida.

La cabeza le iba a estallar, pero cuando intento subir los brazos para agarrársela sintió un agudo dolor que le recorrió de la espalda hasta las puntas de los dedos. Quiso gritar, pero las palabras se le atragantaron, pichándole justo tras los ojos. Se mordió el labio inferior hasta atravesarlo y se acurrucó.

En lo más profundo de su cabeza resonaba el mecanismo de un reloj, incesante, marcando el acelerado ritmo de su corazón. Su eco silencioso le taladraba los oídos. Cada oscilación del péndulo significaba un latido, y también una nueva punzada de agonía en el centro su pecho, en el centro de su alma. Era desquiciante, lo estaba volviendo loco.

Tic-tac. Tic-tac.

Quizá había llegado su hora. Quizá había llegado el momento de ser destruido. Pero no le preocupaba, eso haría cesar su dolor…  Sí… Sonrió de forma demente. El dolor cesaría.

O eso hubiera deseado. La muerte, por desgracia para él, no era una opción. Con gusto se hubiera aferrado a aquella histérica idea, con gusto se habría abandonado a la muerte si pudiera, todo con tal de aplacar el sufrimiento. Allí, encogido, hubiera preferido morir a estar sufriendo todo aquello. Hubiera preferido morir, porque sobrevivir significaría seguir enloqueciendo de dolor, y después… significaría  el Cambio. Pero tenía claro que morir no era una opción, así que tendría que enfrentarse a aquello. Cerró los ojos y se abandonó en brazos del dolor, desesperado por lo que ocurriría después.

Hubiera preferido morir…

Un grito lo hizo abrir los ojos. Una muchacha vestida con abrigo blanco, con un paraguas negro en la mano y el cabello castaño cubierto por una capucha de cálido pelaje, lo observaba tapándose la boca con una mano. Tiró el paraguas a un lado y se arrodilló junta a él, tomándolo y depositando la cabeza del chico en su regazo. Sus ojos pardos reflejaban el mayor terror que él jamás hubiera visto.

-Por favor, no te mueras, por favor, no te mueras…

Su voz sonaba lejana y alterada. Metió la mano en su bolsillo y sacó algo, pero él ya no pudo ver nada, porque una ola negra lo hundió en la más profunda y asfixiante oscuridad.

Tic-tac.
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He aquí el prólogo de Clockwork. Espero que os guste. Tengo ya el capítulo 1 y estoy con el 2, además de las otras historias.

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